
Cuando llegué a este mundo, la senda por la cual debía transitar a lo largo de mi existencia como un viajero del tiempo estaba trazada ya, como una suerte de misión asignada que me he dedicado a cumplir durante 75 años.
En mi entorno familiar no hubo el incentivo ni las probabilidades de desarrollar habilidades artísticas. Desde la época de infancia compartí con mis amigos inquietudes de juegos creativos como elaborar cometas, globos, máscaras, trepar montañas y árboles. Recuerdo que, utilizando materiales como ceraturo o caolín, modelaba carros, ciudades, construía túneles, animales gigantes. En medio de estas peculiaridades de la infancia, y luego de la adolescencia, se presentó la marcada incredulidad de mis padres ante mi futuro, ellos temieron mi perdición como ser humano, sin embargo, algo dentro de mí me decía que el arte era lo mío.
Mi espacio geográfico (Gapal) fue el campo, el área rural que circundaba a Cuenca, en donde hallaba siempre la libertad para conocer y explorar la maravillosa naturaleza; el estímulo a estos conocimientos vino por mi propia y nata curiosidad, buscando la esencia de nuestro pueblo, su cosmovisión e idiosincrasia.
Absorto testigo de tan ricas tradiciones y costumbres, emergió mi primera serie, que abarcó un periodo de diez años (1978-1988). Surgieron en el lienzo espantapájaros, globos y castillos, árboles, montañas, trigales y barrancos. Vacas locas, cucos, floripondios, curanderos y charlatanes fueron figuras oníricas que brotaron de mi memoria e imaginación, siempre vinculadas con lo ceremonial, y con un evidente predominio de las raíces culturales y mestizas de un pueblo latinoamericano. Esta serie se denominó “Y de lo real maravilloso”.
Con el proceso de investigación, los bocetos y cientos de dibujos me han servido para fortalecer mi trabajo y garantizar el resultado de mis creaciones pictóricas.
Sirva este preámbulo para ilustrar mi aventura artística que ha sido de trabajo constante, fe y vocación. En suma, un camino tan extenso como maravilloso, a cuya vera fui hallando altibajos, glorias y tropiezos que son, en definitiva, la norma de la existencia humana.
Hacia 1988, a partir de la premisa de que el artista debe moverse en otros campos de la creación para no caer en la repetición y el agotamiento, vendrían series sobre diferentes temáticas, por ejemplo: “Vibraciones internas”, con la que me hice acreedor a varios premios a nivel nacional e internacional, entre ellos, uno de los más importantes del país, el Mariano Aguilera, de Quito, y el Diplomé de Médaille d´ Argent concedido por L´Académie des Arts Sciences et Lettres, de París. En muchas ocasiones he representado a mi país en exposiciones y bienales internacionales.
Más tarde aparecen otras series, como “Migración y Corrupción”, expresiones sintomáticas de la podredumbre social que tiene hastiado al pueblo ecuatoriano.
En “Imágenes profundas”, propuesta del año 2005, comienzo a indagar en la naturaleza humana, bregando en la certeza de nuestro cuerpo físico y nuestra mente, a la vez que en el olvido deshumanizado de nuestra alma.
En “Regresando a la naturaleza”, serie que es el resultado de una inmersión fascinante, abrumadora y aleccionadora al Parque Nacional Yasuní, trato de mostrar la urgencia de cuidar la selva del Amazonas, el pulmón del mundo, único refugio natural que se mantiene casi intacto en nuestro país.
En un viaje al corazón de la tierra, en un mundo intraterrestre a 64 metros de profundidad, encontré un espacio para dar rienda suelta a la imaginación, aquí nace “Levitación: el misterio de la Cueva de los Tayos”, esta es la serie en la que me encuentro trabajando actualmente.
Me complace, en suma medida, entregar al público este libro testimonial de una aventura vital que recopila más de sesenta años de trayectoria signada por mi compromiso con el arte a través de una senda, insisto, trazada con antelación como un designio que he acatado con resignación y delectación a la vez.
Jorge Chalco
Cuenca, abril de 2025
