
“Jorge Chalco, felizmente, no cae en los fáciles pintoresquismos que inflaman ciertas paletas, espátulas o pinceles en verdaderas orgías de colores que solo sirven, bajo la superficial apariencia paisajística, para enmascarar las esencias de la intención o el objeto artístico. Chalco no castra el potencial de conmoción, desvelamiento o revelaciones súbitas que nos depara el cuadro decidor, no es la simple escena folklórica, ni el retrato plano, mudo. Vale decir entonces, que Chalco no pretexta en su obra los motivos. El tema, sondeado a profundidad, cuestionado consigo mismo, es la médula de la pintura de este joven artista cuencano”.
Eliecer Cárdenas Espinosa (1978), fragmento de la presentación de la muestra en Artesa

“La construcción del paisaje interior requiere de un decantamiento; en esa composición anímica, cada elemento ocupa su sitio exacto. Previamente ha habido la duda, la lucha, ese combate con uno mismo para descartar lo superficial. Es el caso de Jorge Chalco y el paisaje de Cuenca. Allí se engarzan, en perfecta armonía, la textura táctil de los muros reiteradamente acariciados, la blancura de las espadañas, las cúpulas sensuales donde anida la luz en un cielo próximo, casi alcanzable. Él ha desechado la tentación de enriquecer la realidad. La realidad interiorizada es más real”.
Hernán Crespo Toral (1983). En catálogo Galería Club de Arte, Quito

“El color prácticamente estalla en las telas. El artista, en su perfeccionamiento técnico, ha logrado captar en el cuadro y transmitir para el espectador esa brevísima fosforescencia, que se hace en la noche cuando estalla el fuego fatuo. Si usted, ante una de esas composiciones mágicas en las que los globos como estrellas, aves, animales o esferas de luz vuelan o naufragan en un infinito de tonos audaces, superponiéndose, apagándose, alineándose, en inverosímil competencia de luminarias; si usted, ante una tela de aquellas en la que increíbles espantapájaros vivos se aman, danzan, abren una sombrilla de color destallante, si usted entra en ese mundo de casitas perdidas en una atmósfera de irreal calidez, quédese unos instantes, goce del placer de un sueño en que se mezclan dosis de infancia y de imaginación popular sin falsificaciones, surgidas de un hombre del pueblo, simple y auténtico; quédese en ese aire de fiesta en que todo se transforma por el toque mágico del arte, disfrútelo, que el arte de Jorge Chalco es precisamente eso, el gozo y la maravilla de todo lo que secretamente vive en nuestro espíritu, y es latido vital, identidad cultura, verdad cotidiana e insólita, en misteriosa y perfecta amalgama”.
Jorge Dávila Vázquez (11 de agosto de 1985), Diario Hoy, Quito
